¡México, creo en mí!

Ya hace tiempo que no escribía en el blog, lo cual no significa que no tuviera algo qué escribir, sólo que la realidad, como a todos, me ha tenido con las manos en el cuello, apretando fuerte.
Pero hoy, fecha que a muchos numerólogos o afectos a la mística se les antojará "especial" México amanece con una noticia que, considero, es ya el llamado (como si todo lo anterior no bastara) para sacudirnos la apatía, la pereza, el miedo, la conciencia.
http://www.jornada.unam.mx/2009/09/09/
Al ilustre Secretario de Hacienda, Agustín Carstens y al gobierno encabezado por Felipe Calderón, se les han "ocurrido" una serie de medidas, dicen, para abatir la pobreza (basadas, por supuesto, en crear más pobres).
Hay cosas que este pueblo no recuerda o no quiere recordar, hay una memoria censurada, hay muertos y desaparecidos que no tienen nombre, ni rostro, hay miles y miles de personas que no cuentan ni han contado nunca para el gobierno (para ninguno) y que hoy suman la mayor parte de la población.
Pienso ahora en la terrible realidad que vivimos los mexicanos, y en el futuro negro y sin esperanza que tienen los más pequeños, los jóvenes.
Yo soy producto de una generación que creía que era posible cambiar al mundo, que intentó a través de distintas formas hacer algo para torcer el brazo del destino que ahora padecemos todos. Si lo lograron o no, es otro discurso. Sin embargo, mi generación todavía alcanzó a percibir lo que podría ser un futuro más equitativo, mejor planeado, todavía alcanzó a mamar las últimas gotas de leche del pecho casi seco y flaccido de la patria. Eso quizá fue lo que nos sumió en una fantasía retorcida y maniquea. Y nos vendieron aspiraciones, y nos vendieron cocacola, marlboro, nintendo, y nos vendieron que ir a la universidad y tener un grado académico -hablar inglés, por supuesto- era la puerta a las oportunidades y el desarrollo que nuestros padres y nuestros abuelos no habían podido conquistar. Y nos vendieron la idea de un país con futuro, en vías de desarrollo, decían, y nos vendieron una libertad a medias, porque podíamos decir cosas que antes no se podían, porque podíamos caminar por las calles levantando pancartas y gritando a favor de la causa que quiséramos sin por ello ser detenidos, encarcelados, torturados. Y nos vendieron la revolución sexual, y nos vendieron que el país iba en progreso porque los homosexuales y las lesbianas podían caminar con sus parejas de la mano y besarse, cosa antes jamás pensada. Y nos vendieron que las crisis económicas eran cosa de todos los días, y que la desigualdad social era un error de cálculo de todo sistema político, y nos vendieron que el comunismo y el socialismo estaban caducos, que eran obsoletos y que lo de hoy, lo in, era el neoliberalismo y que ese era el resultado de años de historia, de ensayo error y que ahora sí, con eso saldríamos adelante, porque además, muchas naciones del mundo lo habían implementado y por eso crecían.
Y nos vendieron la idea de que la libertad es vivir en un país que puede vocarse hacia afuera y mirar que no estamos tan jodidos como en otros lugares del mundo. Y nos vendieron la necesidad de vestir de marca y de tener muchas cosas que no necesitamos pero que nos hacen ver y sentir bien.
Y nos vendieron la idea de que no tener hijos es una medida de gente "de avanzada" y que es mejor preocuparse de los perros que viven en las calles que de las personas. Y nos vendieron tristezas y alegrías de futbol y telenovelas. Y nos vendieron canales de televisón y programas de concursos. Y nos vendieron la idea de una democracia en la que todos podíamos participar yendo a las urnas para votar por quienes nos decían.
Y nos vendieron libertad de expresión, libertad de tránsito, libertad de pensamiento, de culto, de sexo, de bando.
Y nos vendieron que las recesiones económicas se arreglan cuando todos ponemos de nuestra parte y trabajamos más, cobrando menos.
Y nos vendieron que lo de hoy son los trabajos mal pagados, libres de contrato, sin prestaciones, donde el día menos pensado te botan a la calle y si te vi ni me acuerdo.
Y nos vendieron que esa forma de explotación es correcta y que además no tenemos de otra sino estar de acuerdo.
Y nos vendieron que la esperanza de vida aumentó, pero que después de los 35 años ya todos somos viejos para aspirar a un trabajo.
Y nos vendieron que la salud es sólo derecho de unos cuantos privilegiados, que si enfermamos y morimos no es responsabilidad del Estado.
Y nos vendieron que el narcotráfico es el mayor problema del país y que la culpa de todo la tienen los que venden y compran drogas.
Y nos vendieron policía corrupta, y nos vendieron tráfico de influencias y en nuestras narices se repartieron el botín, los recursos, el futuro.
Y nos vendieron que hacer arte, cultura, consumirlo, son asuntos de menor importancia, que para eso del entretenimiento, si lo necesitamos, están la tele y los partidos de futbol.
Y a los más escépticos o los que necesitábamos una esperanza nos vendieron un héroe en pasamontañas que prometía la revolución social.
Y nos vendieron
Y nos vendieron...
Y LO COMPRAMOS.
Y NOS VENDIMOS.
Y nos callamos, y no dijimos nada.
¿Qué precio tienen todas estas cosas en tu bolsa de valores, en tu mercado personal?
¿Cuánto por una patria desgastada?
¿Cuánto por la furia de los parias?
¿Cuánto por un país en escombros?
¿Cuánto por el futuro que le robaron a los niños, a los que aún no nacen?
¿Cuánto por mirar en lo profundo de este hueco?
¿Cuanto por que se destapen las cloacas?
¿Cuánto por la mentira?
¿Y cuánto más por la verdad?
¡Qué importa! Si también nos vendieron que lo importante es uno, y no los demás. Así que hoy, al unísono gritemos el himno de nuestros tiempos: "México, creo en mí" Y dejemos que a todo lo demás, se lo lleve la chingada.
Michelle S.
Salú, si es que hay alguien que piensa que hay algo que todavía merezca un brindis.






